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ıllı Lagares entre las viñas wiki: que es, historia y significado

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En su instante de mayor expansión, a fines del siglo XIX y justo antes que llegase la filoxera, prácticamente la mitad de la superficie total de los términos municipales de Fortifica, Talamanca y Rocafort y Vilumara estaba plantada de viñedos: las parras dominaban extensamente el paisaje montañoso de una zona donde hoy día no queda prácticamente ninguna cepa. Si recorriésemos hoy día las tierras de estos ayuntamientos nos hallaríamos con rebosantes lagares y barracas de viña, como muros de piedra seca levantados para nivelar las laderas, elementos que ya no tienen ninguna utilidad práctica mas que nos recuerdan los sacrificios que la gente de una temporada no lejanísima efectuaron en su diaria supervivencia. Todas y cada una estas construcciones continúan como testigos pétreos de un monocultivo que a lo largo del siglo XIX devoró grandes áreas de floresta, terrenos que la naturaleza vuelve a reivindicar.

Interior de lagar (tina) forrado de porcelana vidriada. Se aprecia que la fila superior recula unos centímetros formando una repisa, empleada para mantener los travesaños donde se pisaba la uva.

Se han clasificado ciento tres lagares entre las viñas (tines, conforme su denominación local) en diferentes estados de conservación. En ciertos casos se hallan apartados, presentando solamente una caseta socorrer adosada (trece en conjunto) y en otros formando conjuntos (los noventa sobrantes). Estos conjuntos son considerados como las construcciones más interesantes: acostumbran a ser 3, 4 o bien más lagares levantados simultáneamente ( resultaba más económico) y que, en ocasiones, compartían una prensa para el bagazo residual. Mas este era el único empleo colectivo, en tanto que cada uno de ellos de los lagares era usado individualmente por su dueño.


La mayoría son de forma redondeada (ochenta y uno), mas asimismo los hay rectangulares (doce) y mixtos, con depósito circular mas paredes exteriores rectangulares (diez). Sus capacidades fluctúan entre los mil doscientos litros del menor y treinta y uno cero el más grande, midiendo como máximo dos,5 m de diámetro y tres de profundidad. Para su construcción se empleaba piedra y mortero de cal, recubriendo las paredes interiores con losas cuadradas de porcelana vidriada, lisas o bien levemente encorvadas. La parte superior, con la puerta de entrada, se efectuaba en piedra seca, al paso que el techo se cerraba a través de una falsa bóveda (aproximación por hiladas), cubierta exteriormente por una capa de tierra que la impermeabilizaba y hacía de aislante térmico. En la parte inferior había un agujero que servía para vaciar el mosto ya fermentado, protegido en general en una barraca de piedra seca adosada al lagar.


En Navás (Barna) y Balaguer (Lérida) han sido encontrados viejos depósitos excavados en rocas blandas que sirvieron para hacer las funciones de lagar y cuba. Allá, en la mitad de los campos, se pueden ver múltiples conjuntos de lagar-cuba conectados entre sí y datados en el siglo XIV por la porcelana hallada in situ.

Conjunto de 3 lagares construidos aprovechando el gabán rocoso (balma o bien bauma) de Balmes Roges, sierra de Puig Gili, Parque Natural de Sant Llorenç del Munt i l'Obac.

Durante los siglos XVI-XVII fue tomando forma el lagar construido en piedra y forrado internamente de porcelana que dejaba efectuar en un mismo espacio la prensa de la uva y la fermentación del mosto. Para esto incorporaba en la parte superior del recipiente unos travesaños sobre los que se volcaba y pisaba la uva, escurriéndose el líquido resultante entre las maderas. Terminado el proceso estas se retiraban, volcando en la cuba la pulpa y cerrándola a fin de que diese inicio la fermentación. Si bien estos lagares se edificaban en las bodegas de las masías y casas de pueblo, el modelo es idéntico al que sería adoptado más tarde para las viñas.


El desarrollo demográfico a lo largo de los siglos XVIII-XIX y la exportación de vinos y aguardiente cara el norte de Europa y América provocó la expansión acelerada del cultivo de la viña, que ocupó tierras hasta ese momento yermas o bien frondosas, creando para esto terrazas en exactamente las mismas laderas de las montañas. En general, estos nuevos viñedos no los cultivaba el dueño de la masía dueña del terreno, que en muchas ocasiones estaba de forma fuerte endeudado, sino eran cedidos a pequeños labradores a través de un contrato de rabassa morta, una suerte de cesión de la tierra mientras que durase la vida de las cepas a cambio de la que se debía dar al arrendador parte de la cosecha (a lo largo del XVIII acostumbraba a ser una cuarta parte y a lo largo del XIX una tercera parte). La uva recogida había de ser trasladada velozmente hasta el lagar para eludir que comenzase una fermentación incontrolada, con lo que todos los que alquilaban viñas distanciadas de las poblaciones y que, además de esto, tenían contrariedades de acceso para los carros y/o los animales de carga, debieron buscar nuevas soluciones. De este modo brotaron los lagares a la vera de las masías y en la mitad de las viñas, construidos por los rabassaires (inquilinos) mas que pasaban a propiedad de los arrendadores al terminar el contrato. Levantar la tina cerca de la masía reducía los inconvenientes de seguridad que implicaba hacerlo en la mitad de las viñas, mas el arrendador podía supervisar y también intervenir en la venta del vino, cosa que resultaba más bastante difícil en el segundo caso. Quizá por esta razón esta alternativa fue tan admitida en los vales del Montcau.


Aunque hay pruebas reportajes del establecimiento de lagares entre las viñas a lo largo del siglo XVIII, la mayor parte son de la segunda mitad del XIX y corresponden con un enorme incremento de la superficie vinícola.


Este incremento se generó en el contexto de restauración económica que prosiguió a la asoladora Guerra del Francés. La guerra había dejado España en la ruina, con la población disminuida, las factorías y también infraestructuras destruidas, los cultivos abandonados y el comercio inexistente. A lo largo de los primeros años de posguerra los costos agrícolas bajaron en Cataluña, provocando una crisis agraria de la que se empezó a salir desde mil ochocientos treinta, cuando se logró recobrar los niveles de producción anteriores al enfrentamiento.A esta normalización contribuyeron las desamortizaciones, las transformaciones agrícolas y la articulación entre desarrollo agrario y también industrial.

Vista general del conjunto llamado de Bleda II: 4 tines y sus barracas adosadas (límites del parque natural, Rocafort y Vilumara).

A partir del triunfo liberal de mil ochocientos treinta y cuatro empezó a dictaminarse la desamortización de las manos fallecidas (tierras y recursos eclesiásticos), de las que no se favorecieron los labradores pobres, sino pasaron a engrosar las propiedades de la aristocracia pudiente y de la burguesía industrial. Al tiempo que los nuevos dueños lograron importantes beneficios en unos pocos años, lanzando una auténtica revolución agrícola que retroalimentó en Cataluña el naciente proceso de industrialización, los campesinos padecieron un agravamiento del nivel de vida que provocó continuos enfrentamientos sociales. Enfrentamientos que, probablemente, fueron básicos para entender el posicionamiento del medio rural catalán en favor de los carlistas en las guerras que sacudieron el país a lo largo de una buena parte del siglo.


Hacia los años cuarenta los cultivos predominantes en el campo catalán eran el trigo, el olivo y la parra en las llanuras, al paso que en la montaña resaltaban la avena, la cebada y el centeno, aparte de la patata. La introducción de fertilizantes y de nuevas herramientas, como la práctica de rotaciones de cultivos, dejaron acentuar la producción y expandir las superficies cultivadas hasta llegar a su máximo cara mil ochocientos ochenta y cinco (un veinticinco por ciento en 100 años).


El motor de semejante expansión fue el incremento progresivo de los viñedos. Y eso pese a la plaga de oídio sufrida por la uva a mediados de siglo, plaga que fue combatida de forma científica, consiguiéndose la restauración total de las viñas merced al empleo intensivo del azufre. El cultivo de la parra dejaba un extenso margen de beneficios que no hacían más que acrecentar, al paso que los costes de otros productos agrícolas (como el trigo) reducían continuamente. De esta forma, si el costo de venta del vino a lo largo de la primera mitad del XIX suponía el doble de su costo de producción, desde mil ochocientos sesenta y cinco la aparición de la filoxera en Francia provocó que los costos finales llegasen a duplicarse. A lo largo de 15 años los labradores catalanes colectaron unos beneficios enormes hasta el momento en que, desde mil ochocientos setenta y nueve el parásito cruzó los Pirineos y empezó a destruir las cepas del Ampurdán.

Agujero por donde se extraía el vino; estaba practicado en una piedra bien labrada ubicada en la base del lagar.

Aunque se proyectó crear una zona de aislamiento próxima a la frontera con Francia para impedir la propagación de la plaga, la resistencia de los campesinos y bodegeros impidió que esta medida se pusiese en práctica. En aquellos instantes el coste del vino alcanzaba niveles muy, muy altos y absolutamente nadie estaba presto a perder esas ganancias. Los labradores se preocupaban más de la cantidad que de la calidad del producto y si bien la productividad era baja se compensaba con una alta graduación alcohólica. Frente a la desidia del gobierno y la pasividad de exactamente los mismos productores la filoxera se extendió por todo el Principado, llegando al Priorato en mil ochocientos ochenta y nueve. Al ir muriendo las cepas se abandonó su cultivo en las áreas montañosas y regiones enteras vieron como se despoblaban o bien reducía sensiblemente su población, que emigró a Barna o bien América. Mas pese a la destrucción de los viñedos el estado proseguía demandando del mismo modo el pago completo de los tributos, algo que ni dueños ni rabassaires podían aceptar. El campo catalán se hundió en una crisis tal que para mil ochocientos ochenta y ocho habían sido embargadas más de cuatrocientas mil fincas.


La solución a la plaga consistió en la replantación de las viñas con cepas americanas resistentes al insecto. Mas la asolagación había sido enorme: los viñedos catalanes pasaron de las trescientos ochenta y cinco cero hectáreas que ocupaban en mil ochocientos ochenta y ocho a únicamente cuarenta y uno cero en mil ochocientos noventa y nueve, de las que veintidos cero estaban perjudicadas por la filoxera. A consecuencia de ello, la estructura agraria se vio cambiada profundamente: se abandonaron los terrenos marginales (como los vales montañosos del Montcau, de bastante difícil acceso y baja productividad) y la producción de las tierras mejores se especializó y también acentuó. Además, los enfrentamientos sociales latentes en el medio rural se aguzaron, en tanto que los rabassaires vieron como, al fallecer las viñas, se les anulaban sus contratos de rabassa morta y sus condiciones de vida empeoraban sensiblemente. Cara mil ochocientos noventa y tres los perjudicados se organizaron en la Federació d'Obrers Agrícoles y se extendieron las revueltas.


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