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ıllı Álvaro de Luna wiki: que es, historia y significado

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Nació en Cañete —actual provincia de Cuenca— en mil trescientos noventa, hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, un noble aragonés, y de María Fernández Jaraba, famosa como La Cañeta o bien Juana de Uranzadi. Su padre murió cuando Álvaro de Luna tenía solo 7 años, mostrando serias dudas sobre su paternidad sobre este. Su madre tuvo otros hijos con otros hombres, entre ellos al futuro arzobispo de Toledo Juan de Cerezuela, con el que Álvaro de Luna confraternizó y al que trató siempre y en toda circunstancia como hermano. A lo largo de su niñez fue cuidado por su tío Juan Martínez de Luna y por su tío abuelo el antipapaBenedicto XIII de Aviñón, asimismo conocido como el Papa Luna.

Escultura de Álvaro de Luna en Cañete

Fue introducido en la corte como paje de Juan II por su tío Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, en 1408 o bien mil cuatrocientos diez. Álvaro aseguró pronto una enorme ascendencia sobre Juan II, entonces un pequeño. A lo largo de la regencia del tío del rey, Fernando, que acabó en mil cuatrocientos doce, no pudo ascender alén del puesto de sirviente. Cuando, no obstante, Fernando fue escogido rey de Aragón tras el Compromiso de Caspe, la regencia quedó a cargo de la madre del rey, Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, nieta de Pedro el Atroz.


Álvaro supo maniobrar para transformarse en una persona fundamental en la corte y a fin de que el joven rey le tuviese en una alta consideración, lo que la superchería de la temporada atribuyó a un hechizo. Sin embargo, dados los ambiciosos y también inescrupulosos nobles que le rodeaban, entre ellos sus primos, los infantes de Aragón, Juan II de Aragón y Enrique de Aragón hermanos de Alfonso V de Aragón, es bastante entendible que depositase su confianza en un preferido que tenía todas y cada una de las razones del planeta para continuar leal al rey. Álvaro era asimismo un profesor en todos y cada uno de los talentos que el rey admiraba: era un admisible caballero, un mañoso lancero, buen versista y muy elegante novelista.


En mil cuatrocientos dieciocho, con ocasión de la celebración de la mayor parte de edad de Juan II tuvo lugar una serie de festejos y campeonatos, a lo largo de uno de los que Álvaro de Luna fue gravemente herido en una justa, al dañarse la cabeza por el impacto de la lanza de su contendiente. Pese a padecer fracturas craneales y temerse por su vida, Álvaro de Luna se recobraría del accidente. No obstante, a lo largo de su convalecencia y consecuente distanciamiento de la Corte se generaron los primeros movimientos por la parte de sus contrincantes políticos por procurar separarlo de la órbita del monarca, sin éxito.


A partir de su escapada nocturna al lado del rey desde Talavera de la Reina al castillo de La Puebla de Montalbán, en el mes de noviembre de mil cuatrocientos veinte, cuando tras el golpe de Tordesillas había quedado aquel poco menos que preso de su primo Enrique de Aragón y hasta la pérdida de la confianza del rey, Álvaro de Luna fue la figura central de la Castilla de su temporada. Era un periodo de enfrentamiento incesante provocado por tornadizas alianzas de nobles que, bajo el pretexto de liberar al rey de la perjudicial repercusión de su preferido, verdaderamente trataban de transformarle en una marioneta que sirviese a sus intereses. En frente de los infantes de Aragón y la enorme nobleza terrateniente, Álvaro de Luna forjó una coalición con la pequeña nobleza, las urbes, el bajo clero y los judíos (Abraham Benveniste), que se oponían a la oligarquía nobiliaria castellana y a los infantes de Aragón, que defendían los tradicionales intereses de tipo político y económicos de su familia en Castilla.


La historia de Álvaro de Luna fue una incesante de expulsiones de la corte por la parte de facciones victoriosas, y su retorno cuando la facción vencedora se desunía. En verdad, en uno de sus instantes de gloria, en mil cuatrocientos veintitres, consiguió que el rey abriese un proceso amañado al condestable Ruy López Dávalos aprovechándose de su escapada a Aragón por su apoyo a Enrique, para apropiarse de su patrimonio y títulos. Al contrario, asimismo fue, por su parte, ceremoniosamente expulsado y desterrado a Ayllón en mil cuatrocientos veintisiete por los infantes de Aragón y una alianza de nobles descontentos con su favoritismo; solo para hacerle regresar a la Corte un año después. Álvaro de Luna acabó de forma victoriosa una larga guerra con Aragón, iniciada en el verano de mil cuatrocientos veintinueve, expulsando a los infantes aragoneses de Castilla.


En mil cuatrocientos treinta y uno, se esmeró en emplear a los inquietos nobles en una guerra para reconquistar Granada. Si bien hubo ciertos éxitos, como la batalla de La Higueruela, era imposible una política consistente dado el carácter levantisco de los nobles y la pereza del propio rey. Se afirma, conforme unos, que no conquistó Granada por el seísmo de Atarfe, conforme otros por el hecho de que fue sobornado por los moriscos a fin de que no conquistara la urbe, entregándole un carro lleno de higos, cada uno de ellos de los que escondía una moneda de oro.


En mayo de mil cuatrocientos cuarenta y cinco, la facción de los nobles aliada con los primordiales contrincantes de Álvaro, los infantes de Aragón, fue derrotada en la batalla de Olmedo (mil cuatrocientos cuarenta y cinco). Allá fue malherido en una mano —de cuya infección murió al poco— el infante Enrique de Aragón, y el preferido, Álvaro, que había sido nombrado condestable de Castilla y conde de Santiesteban en mil cuatrocientos veintitres, le sucedió en su título de Gran Maestre de la Orden de la ciudad de Santiago. En ese instante su poder parecía incontrovertible, mas solo se fundamentaba en el cariño que le dispensaba el rey. Eso cambió cuando la segunda esposa del rey, Isabel de Portugal, madre de Isabel la Católica, miedosa del enorme poder del condestable, conocedora de sus intrigas, abusos y determinados asesinatos preparados por él, urgió con insistencia a su marido a prescindir del preferido.

Recaudación para enterrar el cadáver de don Álvaro de Luna, de José María Rodríguez de Losada. mil ochocientos sesenta y seis. (Palacio del Senado, la villa de Madrid).

En mil cuatrocientos cincuenta y tres, el rey Juan II cedió. El cuatro de abril, Álvaro de Estúñiga detuvo al condestable por orden del rey en Burgos y fue trasladado al castillo de Portillo. Su esposa Juana Pimentel y su hijo Juan de Luna se refugiaron en Escalona, lugar desde el que solicitaron ayuda al papa, por ser la Orden de la ciudad de Santiago (de la que es Gran maestre) protegida papal.El veintiocho de abril, Juan II parte desde Portillo hasta Fuensalida para sofocar la rebelión de los partidarios del condestable.


El día 1 de junio se le trasladó a Valladolid, donde fue juzgado y condenado en un manido juicio que no fue más que una parodia de la justicia. Fue decapitado en cadalso público en la plaza Mayor de Valladolid el dos o bien tres de junio de mil cuatrocientos cincuenta y tres.

Sepulcro de Álvaro de Luna en la capilla de la ciudad de Santiago de la catedral de Toledo.

Juana Pimentel, al conocer la ejecución de su marido, abandonó la resistencia y rindió el castillo de Escalona a las tropas reales. Desde este instante, y hasta su muerte, Juana firmaría sus documentos como «La Triste Condesa», mostrando de esta manera el lamento que le generaba la ejecución de su marido.


El papel interpretado por Álvaro de Luna ha sido juzgado de diferentes formas. Para Juan de Mariana (siglo XVI), se trataba sencillamente de un ambicioso preferido, en busca incesante de su interés. Para otros, fue un leal servidor de su rey, esforzado en fortalecer la autoridad de la corona, la que era, en Castilla, la única opción alternativa a la anarquía. Evidentemente que procuró su beneficio, mas su supremacía fue indudablemente mejor que el dictado de los avariciosos nobles.


Se ha especulado abudantemente sobre la íntima amistad que unía al rey con Álvaro; en este sentido Gregorio Marañón mantuvo que los dos habrían mantenido relaciones homosexuales.


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