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ıllı Alfarería del vino wiki: que es, historia y significado

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«Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído á la memoria la dulce prenda, causa de mi mayor amargura!» (Don Quijote. Tomo II, cap. XVIII. Edición de Luis Tasso, cara mil ochocientos noventa y cuatro.)

Alfarería del vino es la denominación genérica del conjunto de objetos de porcelana, bien de basto o bien vidriada, que se emplea para el transporte, almacenamiento y consumo de productos vitivinícolas y su cultura, durante la Historia de la parra y sus industrias.

Entre las piezas más populares de este capítulo de la cacharrería de barro están las jarras, jarrones y cantarillas vinateras, para el consumo de mesa, y las ánforas y tinajas, para la conservación, almacenaje y transporte.

Grandes ánforas para ofrendas funerarias en una tumba de la 18ª dinastía tebana (ca. mil quinientos a.C.).

Prospecciones arqueológicas efectuadas en Oriente Medio, en la segunda mitad del siglo xx, datan el binomio alfarería-vino entre cinco mil cuatrocientos-cinco mil a. de C., o sea, hace más de siete.000 años. La rebosante literatura en la investigación llevada a cabo de las etnias fenicia, griega y romana ofrece materiales suficientes para valorar la relevancia de la alfarería del vino, a consecuencia de que el vino fuera a lo largo de siglos la única bebida que se podía preservar –a pesar de su oxidación y la falta de conocimiento del dióxido de sulfuro como conservante–, gracias al revestimiento de las vasijas con brea y la utilización de resinas.

Un estudio de Romero Vidal para el XV Congreso anual de la Asociación de Ceramología de España divide en 2 grandes conjuntos los útiles ceramistas relacionados con el vino: los empleados en el proceso de preparación y conservación, y los que se emplean para la venta, transporte, servicio y consumo. En el primer conjunto, es interesante resaltar los ladrillos vidriados de recubrimiento del lagar (un capítulo de la porcelana que acostumbra a pasar inadvertido), como «els tobes de cup» en Cataluña. Asimismo son esenciales en la preparación las tinajas y sus filtros, distintas jarras y cuencos para trasegar el vino a lo largo del proceso, como embudos de barro, “jarrones” y otros recipientes concretos para lavar y azufrar las cubas. En el siguiente capítulo de la venta y distribución se reúnen además de esto distintos recipientes para la medida del vino, desde la cántara o bien arroba (equivalente a ocho azumbres, esto es dieciseis,133 litros) hasta el cuartillo (equivalente a 4 copas, medio litro); el transporte lo cubren las botijas, barriletes, tonelillos y tinajillas. En el capítulo añadido del consumo entran en este catálogo las jarras, jarrones, botellas, vasos, catavinos, barreños y tazas.

La Askos (sucedáneo de la primitiva bota de vino porcelana), la taza Cótila, la Crátera para entremezclar el vino y el agua, la jarra Enócoe para sacar el vino de la crátera, la copa Kantharos, el cazo Kyathos, el cáliz o bien copa Kílix, el Psictero para enfriar el vino, el Ritón (un cuerno en forma de ánfora) y el tazón Skyphos. Muchos de ellos tuvieron una continuidad morfológica y tipológica en la porcelana romana.

Más allí de las vasijas y formas de la porcelana tradicional, un catálogo simplificado de los recipientes asociados al empleo y consumo del vino durante la Historia, debería incluir por lo menos la próxima selección:

Su empleo masivo como envase tiene una extenso catálogo en arqueología. De este modo, las primitivas ánforas están ya representadas en la iconografía del Viejo Egipto en el contexto de los alfares y la industria del vino y el aceite, y documentadas en el siglo XV a. de C. en las costas del Líbano y la vecina Siria, y en el siglo XIV a. de C. en Micenas. Estos recipientes de base apuntada y roma (de este modo pensada para que se mantuviesen 'clavadas’ en la arena de las playas en el tráfago de su transporte y acarreo) atestaban los largos bancos de las naves de transporte. Para resistir las contrariedades y también inclemencias del viaje, cada recipiente se taponaba con un disco de porcelana sellado entonces con una pasta de cal. Las mayores, ya en el periodo de expansión comercial romana alcanzaban una capacidad de unos cincuenta litros de vino.

La botija, con una variada terminología y tipologías, tuvo en común su empleo como recipiente para llevar el vino a lo largo de las faenas del campo, de ahí su tamaño y morfología manejables. Por lo general, el cuerpo ovoide, y muy frecuentemente plano por una de sus caras para amoldarse a las caballerías, podía tener una o bien 2 asas, un cuello corto y suficientemente pequeño para escanciar el vino, por eso en muchas zonas se conociese a la botija vinatera como “barril de campo”, vasija de base convexa y prácticamente esférica, con ejemplos castellano-leoneses como los de Toro, o bien los “modorros” de Cantalapiedra, las barrilas de Benavente, Jiménez de Jamuz o bien Moveros, o bien el “barril campero” extremeño. Afines a las descritas, se han preservado en Cataluña botijas datadas en mil trescientos setenta y ocho (halladas en las obras de saneamiento de la cúpula de Santa María del Mar de Barna), y citadas hasta la segunda mitad del siglo xviii. Vasija de esta familia es el modelo pequeño del “barral” de las regiones gerundenses.

El término “botija de campo” asimismo aparece habitualmente para llamar recipientes campesinos para vino (asimismo para llevar agua o bien aceite), en extensas zonas de las 2 Castillas, La Mácula y Andalucía. Otro recipiente similar era la botija “de carro” que en Castilla y León se utilizaba como cantimplora.

Un apartado singular merece la “botija perulera sevillana” empleada entre el siglo xvii y también comienzo del xix para transportar el vino a las posesiones de España en Ultramar. El geógrafo Antonio de Alcedo describía de esta manera su empleo en 1789:

Sirviendo vino del jarro, en una de las versiones de Almuerzo de campesinos, pintada por Diego Velázquez cara mil seiscientos veinte.Museo de Preciosas Artes de Budapest.

Compartiendo en la mayor parte de los casos su funcionalidad como contenedor de agua –y esporádicamente de aceite–, el jarro, así como cantarillas y cántaras trasciende su historia de leyenda bíblica documentando su presencia en la antigüedad con un esencial capítulo de la arqueología porcelana.

En España, tal vez 2 de los campos más esenciales en la producción de jarros para el vino fueron Aragón y las 2 Castillas, si bien la rebosante literatura dedicada al tema asimismo mienta los territorios del viejo Reino de León y los alfares catalanes como centros muy activos en la fabricación de alfarería del vino. De este modo, en Barna, por poner un ejemplo, jarros con barniz plumbífero teñido en verde se han encontrado en edificios góticos de los siglos xiv y xv.

Se pueden refererir modelos prácticamente exclusivos para el vino como el “cántaro de pitano” de Peñafiel, con un asa y pico vertedor, afín a las jarras; en este sentido muchas vasijas cantareras presentaban un caño o bien un “pitorro” en el tercio superior del cuerpo y frente al asa para tomar a chorro (como los jarros helmánticos de Cespedosa de Tormes, Tamames o bien Vitigudino).

Recipientes presentes en el consumo familiar del vino ya desde el Tercer milenio ya antes Cristo, las jarras han desarrollado durante los siglos una rica pluralidad de formas, muchas de ellas transformadas en uno de los símbolos más representativos de la iconografía del vino. Una peligrosa síntesis de peculiaridades más usuales dejaría enunciar 3 elementos característicos: pequeñas vasijas o bien cantarillas (de cuerpo ovoidal), con una o bien 2 asas y boca ancha con pico vertedor o bien pitorro.

Tinaja sedetana del siglo II antes de Cristo Cabezo de Alcalá (Teruel, España)

Junto con el ánfora, la tinaja es el recipiente omnipresente en la industria y el comercio del vino, ocupando un papel afín al que las dos vasijas han tenido en la alfarería del aceite.

La tinaja, hermana de otros grandes contenedores cerámicos como el «pithos» heleno, y también identificadas por Natacha Seseña con los doliosromanos, ha sido quizás el factor básico en el proceso de almacenamiento familiar y también industrial del vino a lo largo de más de 25 siglos, como prueba la pluralidad en la capacidad de estos recipientes. De este modo, en tanto la tinaja casera podía cobijar de ochenta y ciento veinte litros, un tinajón alcanzaba los trescientos o bien cuatrocientos litros. Además de esto, ciertos alfares con hornos singulares fabricaban tinajas 'gigantes' singulares para cooperativas vinícolas o bien bodegas; la evolución o bien desarrollo de estas grandes tinajas pasaron de las ochenta-cien arrobas de finales del siglo xviii a las de doscientos a doscientos cincuenta arrobas de finales del siglo xix. Por último, en la década de mil novecientos veinte se fabricaban en Villarrobledo (Albacete) y en Colmenar de Oreja (la villa de Madrid) vasijas de hasta quinientos arrobas.

Trasegadores y embudos

Aunque en ciertas zonas el trasvase del mosto desde el lagar a las tinajas se hacía con cántaras o bien medias cántaras, sumergiéndolas en la “pila”, lo normal era contar con de lebrillos singulares o bien trasegadores como el alcadafeandalusí, que se ponían bajo la espita, en el suelo de la bodega. Un recipiente mixto, esporádicamente fabricado en alfares de Cáceres, León y Zamora, era una tinaja mediana con cuello alto y extensamente exvasado, que servía de embudo y recipiente.


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